Sobrevivientes al abuso sexual infantil
 

 
 

 

La teoría dice que toda persona, infante o adulta debe obtener intervención psiquiátrica o psicológica luego de un abuso sexual.
 
 Ser víctima de cualquier acto violento con implicaciones sexuales supone secuelas emocionales muy profundas que afectan cada aspecto de la vida. Y nunca es tarde para pedir ayuda.
 
 Lo ideal es que, luego de sufrir un evento como ese, se busque ayuda de inmediato, pero si nunca se hizo cualquier momento es oportuno, dice la doctora Claudia Barahona, psiquiatra.
 Muchas de sus pacientes con depresión, dice, tienen en su historial el abuso sexual. Un abuso que nunca fue superado porque no recibieron la atención necesaria y que aún años después se refleja en su estado emocional.
 El asunto es peor cuando nunca se denunció ni se castigó al hechor.
 La no superación de un evento traumático como este también puede generar en la víctima baja autoestima, problemas en su sexualidad, culpabilidad y trastornos que impidan sus relaciones de pareja e incluso su desempeño como madre en el futuro.
 En estas mujeres son frecuentes las disfunciones sexuales como incapacidad de alcanzar el orgasmo o sentir algún tipo de placer y vivir una sexualidad plena y sana.
 Se puede esperar también que sufran depresión crónica y que establezcan relaciones de pareja insanas que impliquen abuso psicológico, sexual y físico.
 El manejo terapéutico luego de un abuso busca que la víctima exprese lo que siente, no necesariamente lo que le pasó, sino su frustración, su dolor y su cólera.
 
 El terapeuta debe trabajar su autoestima, validar sus sentimientos y ayudarla a superar el sentimiento de culpa que suele estar presente en las personas que han sufrido abuso sexual.
 
 Debe quedar claro que ella no fue culpable y que fue víctima de un acto de violencia sin justificación, detalla la psiquiatra. Lograr esto es muy difícil sin ayuda externa. De hecho, un guía espiritual también puede ayudar siempre que respete los sentimientos de la mujer y no la haga sentir culpable, agrega la especialista.
 Esto es importante también en los niños. Las mujeres que han sido abusadas en su infancia crecen con trastornos emocionales que pudieron haberse evitado con atención psicológica oportuna.
 
 Lo mismo aplica con los niños varones. Tanto en ellos como en las niñas, el abuso sexual puede generarles confusión en su orientación sexual cuando son adultos.
 
 Aunque la persona crea que puede olvidar el abuso o la violación por sí misma es poco realista.
 
 La terapia psicológica o psiquiátrica busca que la víctima acepte lo que le pasó y aprenda a vivir con eso. “Es como una herida que se cura y con el tiempo deja de doler, pero uno siempre lo recuerda. Saber que la vida sigue aún con esa experiencia solo se logra con la terapia”, recalca la psiquiatra.
 
 Por otra parte, resulta incompleto hablar de abuso sexual sin mencionar la importancia de la prevención sobre todo en los niños, conversar con ellos acerca de su sexualidad y el respeto de sus cuerpos es fundamental para evitar un trauma como este.
 
 Lograr que tengan una autoestima sana también es importante, lo mismo abrirles el espacio para que se sientan libres de expresarse sobre el tema. Evitar situaciones en las que un adulto pueda abusar de un pequeño es fundamental.
 
 La violencia sexual no tiene justificación y la víctima nunca tiene la culpa. Expresar sus emociones, su frustración, su rabia y denunciar al hechor es parte de la sanación emocional de quien ha sufrido un trauma como este. Para hacerlo del modo correcto, lo mejor es pedir la ayuda de un profesional de la salud mental.
 
 Si alguna vez en tu vida fuiste víctima de abuso sexual nunca es tarde para buscar ayuda. Acude a un psicólogo, un psiquiatra o tu líder espiritual si así lo consideras apropiado.
 
 Entre las secuelas que puede dejar a corto y largo plazo un abuso sexual están: las disfunciones sexuales, la baja autoestima, la depresión crónica e incluso el suicidio, la culpabilidad y problemas de pareja como la violencia intrafamiliar. Los efectos pueden ser más graves en unas personas que en otras.

La sexualidad en los adultos sobrevivientes del abuso sexual infantil

 La sexualidad humana es un asunto que tiene tantas interpretaciones como individuos. Sin embargo hay factores pueden ser muy influyentes a la hora de determinar aspectos de nuestra sexualidad. Parece poco discutible que los abusos sexuales padecidos durante la infancia (ASI) sean uno de los aspectos más drásticos e intrusivos, y por lo tanto, uno de los que más puede modificar nuestra realidad y nuestra percepción en relación con el sexo.
 
 La relación que establecemos las personas sobrevivientes de ASI con la sexualidad dista bastante de lo que podríamos considerar como normal, por lo que suele ser común que se halle situada en los extremos. Así pues, algunas veces se cae en la más absoluta promiscuidad y otras tantas manifestamos un rechazo más o menos acusado a todo lo referente al sexo. Ambas posturas, a pesar de ser opuestas, son perfectamente explicables.
 
 Es probable que el rechazo sea más fácil de entender. Frente a unos abusos sexuales reiterados que, por la edad, no pueden ser interpretados ni procesados en modo alguno por el niño, lo que se hace es archivarlos en la mente, asociando el sexo con algo horrible. Aunque más adelante la madurez nos permita reinterpretar muchas cosas, lo cierto es que ese mensaje que grabaron a fuego en nuestra infancia puede llegar a tener un poder devastador. A partir de ahí pueden aparecer patologías como el vaginismo u otras secuelas, entre las que también se encuentra una ausencia total de contacto con el sexo; incluido con uno mismo. De hecho es un comentario frecuente decir que se siente asco hacia el propio cuerpo.
 
 Si todo lo anterior es como lo hemos explicado, que lo es, ¿como podemos explicar también lo contrario? Aunque ocurre con menor frecuencia, también es bastante habitual que las personas abusadas caigan en una promiscuidad descontrolada. En este sentido me permito traer a colación un estudio estadístico que se hizo con prostitutas. Según el mismo, un 60% de las encuestadas manifestaron haber padecido abusos sexuales en su niñez. Debemos tener en cuenta que buena parte de los abusos sexuales no se llevan a cabo mediante el uso de la violencia. El adulto, por lo general un familiar, tiene suficiente con las armas que le confiere su autoridad sobre el menor. Y no sólo eso; si es necesario se hace uso del chantaje, de las amenazas y, lo que nos interesa en este caso, del cariño. Cuando se trata de abusos intrafamiliares, sobre todo, el mensaje que se traslada al menor es que se le hace todo eso porque es especial y porque se le quiere. Puede ocurrir, entonces, que entre otras muchas secuelas, también esté la de relacionarse con los demás a través del sexo; es decir, la persona abusada termina auto convenciéndose que, o bien sólo sirve para eso, o bien que esta es la manera de expresar afecto, cariño o amor. Es, en definitiva, la que se ha adquirido mediante este aprendizaje tan doloroso como erróneo. Igualmente se pueden dar desórdenes como la masturbación compulsiva o una adicción al sexo. Y también al sexo de pago, lo que añade una carga económica al problema.
 
 Otra dificultad que aparece en nuestra vida con una mayor incidencia que el resto de la población versa sobre nuestra orientación sexual. Es normal que a ciertas edades uno pueda tener ciertas dudas, sin embargo en nuestro caso las dudas pueden permanecer flotando en nuestra mente durante mucho tiempo. En un foro sobre ASI que administro he confeccionado diversas estadísticas. Una de ellas buscaba respuestas sobre este asunto. Los resultados nos hablan de un 6% homosexual y otro 6% bisexual. Estas cifras habría que cotejarlas con el resto de la población para comprobar si realmente la incidencia es significativa. Las cifras no parecen indicarlo, desde luego, sin embargo las dudas de las que hablaba antes creo que son más acusadas en nuestro colectivo.
 
 Decía al principio que una de las complicaciones más graves que comporta el ASI respecto de nuestra sexualidad es lo intrusivo que puede llegar a ser. Cuando en nuestra vida se ha producido un hecho traumático, algunos elementos asociados al trauma, mucho tiempo después, pueden hacernos reexperimentar las sensaciones negativas que vivimos en el pasado. Es decir, si de niños tuvimos malas experiencias con el agua porque estuvimos a punto de ahogarnos, por poner un ejemplo, ese miedo puede seguir latente y manifestarse en ocasiones donde el agua sea protagonista. En nuestro caso, al tener una experiencia tan negativa con el sexo, también ocurre que la relaciones que podamos tener con una pareja de la que, además, estemos totalmente enamorados, nos puede retrotraer al pasado y a las imágenes, olores, sensaciones o incluso colores que asociamos con los abusos padecidos en la niñez, dando al traste con un momento que debería ser todo lo contrario. Muchas personas manifiestan que muchas veces son incapaces de realizar el acto sexual con su pareja, otras están ausentes durante el mismo o bien en un momento dado salta el interruptor de los recuerdos y se echa todo a perder. Y otras tantas dicen que después de hacer el amor sienten ganas de llorar.
 
 Es lógico que el sexo sea uno de los aspectos más dañados en las personas que fueron víctimas de abusos sexuales, pero a pesar de ello y aunque no sea nada fácil, también puede superarse.


No somos diferentes, solo somos sobrevivientes

 No somos diferentes, solo somos sobrevivientes
 Quizás a veces cueste mucho a la gente que nos rodea entendernos, asimilar por lo que hemos estado pasando.
 Como sobrevivientes sabemos que es difícil hasta para nosotras muchas veces poner nuestras cabezas en orden y comenzar a mirar hacia el futuro.
 
 No somos diferentes, ni queremos serlo.
 Cuando muchas veces postiamos blogs de amigas abusadas, es claro ver que tenemos un lenguaje y una forma de ver las cosas muy similares.
 Quizás porque nos toco vivir las mismas experiencias, porque son pares desde el dolor.
 No somos diferentes, solo somos sobrevivientes.
 Fuimos niñas/os que con apenas unos pocos años supimos “las cosas de adultos” y nos obligaron a hacer cosas de adultos
 Con esa carga en nuestras espaldas nos hicimos las mujeres que somos, con nuestros miedos, nuestros terrores, nuestros fracasos y con el éxito de haber sobrevivido a nuestro pasado.
 Tenemos los mismos principios, los mismos defectos, las mismas virtudes que otras mujeres, que consideramos “normales”.
 A veces se nos dificulta expresar nuestros sentimientos, solo nos retraemos y tratamos de ocultarnos, pues en el fondo aprendimos a ocultar lo que nos pasa a fuerza del dolor que una vez nos paralizó, y nos generó el rechazo a una mano cariñosa que se acerca o al abrazo que quiere demostrarnos lo que con palabras resulta insuficiente.
 No somos raras, no somos locas, no somos enfermas, solo algunas veces tratamos de volar lejos para escapar de los recuerdos y nos encerramos en nuestro mundo para poder así sentirnos un poco más seguras.
 Cuando hablamos lo hacemos en nuestra terapia, la fiel compañera de emociones, una amiga invalorable que nos ayuda a sacar un poco de fuerzas de nuestro interior para dar un paso a la vez.
 Nos refugiamos en muy pocas personas, y muchas veces esperamos mucho más de lo que ellas pueden darnos…
 Hay días que estamos bien, días que estamos mal, es todo un ida y vuelta constante que nos desgasta y nos quita las ganas de disfrutar, de reír, de soñar…
 La teoría dice que toda persona, infante o adulta debe obtener intervención psiquiátrica o psicológica luego de un abuso sexual.

Ser víctima de cualquier acto violento con implicaciones sexuales supone secuelas emocionales muy profundas que afectan cada aspecto de la vida. Y nunca es tarde para pedir ayuda.

Lo ideal es que, luego de sufrir un evento como ese, se busque ayuda de inmediato, pero si nunca se hizo cualquier momento es oportuno, dice la doctora Claudia Barahona, psiquiatra.
Muchas de sus pacientes con depresión, dice, tienen en su historial el abuso sexual. Un abuso que nunca fue superado porque no recibieron la atención necesaria y que aún años después se refleja en su estado emocional.
El asunto es peor cuando nunca se denunció ni se castigó al hechor.
La no superación de un evento traumático como este también puede generar en la víctima baja autoestima, problemas en su sexualidad, culpabilidad y trastornos que impidan sus relaciones de pareja e incluso su desempeño como madre en el futuro.
En estas mujeres son frecuentes las disfunciones sexuales como incapacidad de alcanzar el orgasmo o sentir algún tipo de placer y vivir una sexualidad plena y sana.
Se puede esperar también que sufran depresión crónica y que establezcan relaciones de pareja insanas que impliquen abuso psicológico, sexual y físico.
El manejo terapéutico luego de un abuso busca que la víctima exprese lo que siente, no necesariamente lo que le pasó, sino su frustración, su dolor y su cólera.

El terapeuta debe trabajar su autoestima, validar sus sentimientos y ayudarla a superar el sentimiento de culpa que suele estar presente en las personas que han sufrido abuso sexual.

Debe quedar claro que ella no fue culpable y que fue víctima de un acto de violencia sin justificación, detalla la psiquiatra. Lograr esto es muy difícil sin ayuda externa. De hecho, un guía espiritual también puede ayudar siempre que respete los sentimientos de la mujer y no la haga sentir culpable, agrega la especialista.
Esto es importante también en los niños. Las mujeres que han sido abusadas en su infancia crecen con trastornos emocionales que pudieron haberse evitado con atención psicológica oportuna.

Lo mismo aplica con los niños varones. Tanto en ellos como en las niñas, el abuso sexual puede generarles confusión en su orientación sexual cuando son adultos.

Aunque la persona crea que puede olvidar el abuso o la violación por sí misma es poco realista.

La terapia psicológica o psiquiátrica busca que la víctima acepte lo que le pasó y aprenda a vivir con eso. “Es como una herida que se cura y con el tiempo deja de doler, pero uno siempre lo recuerda. Saber que la vida sigue aún con esa experiencia solo se logra con la terapia”, recalca la psiquiatra.

Por otra parte, resulta incompleto hablar de abuso sexual sin mencionar la importancia de la prevención sobre todo en los niños, conversar con ellos acerca de su sexualidad y el respeto de sus cuerpos es fundamental para evitar un trauma como este.

Lograr que tengan una autoestima sana también es importante, lo mismo abrirles el espacio para que se sientan libres de expresarse sobre el tema. Evitar situaciones en las que un adulto pueda abusar de un pequeño es fundamental.

La violencia sexual no tiene justificación y la víctima nunca tiene la culpa. Expresar sus emociones, su frustración, su rabia y denunciar al hechor es parte de la sanación emocional de quien ha sufrido un trauma como este. Para hacerlo del modo correcto, lo mejor es pedir la ayuda de un profesional de la salud mental.

Si alguna vez en tu vida fuiste víctima de abuso sexual nunca es tarde para buscar ayuda. Acude a un psicólogo, un psiquiatra o tu líder espiritual si así lo consideras apropiado.

Entre las secuelas que puede dejar a corto y largo plazo un abuso sexual están: las disfunciones sexuales, la baja autoestima, la depresión crónica e incluso el suicidio, la culpabilidad y problemas de pareja como la violencia intrafamiliar. Los efectos pueden ser más graves en unas personas que en otras.


LA SEXUALIDAD EN LOS ADULTOS SOBREVIVIENTES DE ABUSO SEXUAL INFANTIL.

La sexualidad humana es un asunto que tiene tantas interpretaciones como individuos. Sin embargo hay factores pueden ser muy influyentes a la hora de determinar aspectos de nuestra sexualidad. Parece poco discutible que los abusos sexuales padecidos durante la infancia (ASI) sean uno de los aspectos más drásticos e intrusivos, y por lo tanto, uno de los que más puede modificar nuestra realidad y nuestra percepción en relación con el sexo.

La relación que establecemos las personas sobrevivientes de ASI con la sexualidad dista bastante de lo que podríamos considerar como normal, por lo que suele ser común que se halle situada en los extremos. Así pues, algunas veces se cae en la más absoluta promiscuidad y otras tantas manifestamos un rechazo más o menos acusado a todo lo referente al sexo. Ambas posturas, a pesar de ser opuestas, son perfectamente explicables.

Es probable que el rechazo sea más fácil de entender. Frente a unos abusos sexuales reiterados que, por la edad, no pueden ser interpretados ni procesados en modo alguno por el niño, lo que se hace es archivarlos en la mente, asociando el sexo con algo horrible. Aunque más adelante la madurez nos permita reinterpretar muchas cosas, lo cierto es que ese mensaje que grabaron a fuego en nuestra infancia puede llegar a tener un poder devastador. A partir de ahí pueden aparecer patologías como el vaginismo u otras secuelas, entre las que también se encuentra una ausencia total de contacto con el sexo; incluido con uno mismo. De hecho es un comentario frecuente decir que se siente asco hacia el propio cuerpo.

Si todo lo anterior es como lo hemos explicado, que lo es, ¿como podemos explicar también lo contrario? Aunque ocurre con menor frecuencia, también es bastante habitual que las personas abusadas caigan en una promiscuidad descontrolada. En este sentido me permito traer a colación un estudio estadístico que se hizo con prostitutas. Según el mismo, un 60% de las encuestadas manifestaron haber padecido abusos sexuales en su niñez. Debemos tener en cuenta que buena parte de los abusos sexuales no se llevan a cabo mediante el uso de la violencia. El adulto, por lo general un familiar, tiene suficiente con las armas que le confiere su autoridad sobre el menor. Y no sólo eso; si es necesario se hace uso del chantaje, de las amenazas y, lo que nos interesa en este caso, del cariño. Cuando se trata de abusos intrafamiliares, sobre todo, el mensaje que se traslada al menor es que se le hace todo eso porque es especial y porque se le quiere. Puede ocurrir, entonces, que entre otras muchas secuelas, también esté la de relacionarse con los demás a través del sexo; es decir, la persona abusada termina auto convenciéndose que, o bien sólo sirve para eso, o bien que esta es la manera de expresar afecto, cariño o amor. Es, en definitiva, la que se ha adquirido mediante este aprendizaje tan doloroso como erróneo. Igualmente se pueden dar desórdenes como la masturbación compulsiva o una adicción al sexo. Y también al sexo de pago, lo que añade una carga económica al problema.

Otra dificultad que aparece en nuestra vida con una mayor incidencia que el resto de la población versa sobre nuestra orientación sexual. Es normal que a ciertas edades uno pueda tener ciertas dudas, sin embargo en nuestro caso las dudas pueden permanecer flotando en nuestra mente durante mucho tiempo. En un foro sobre ASI que administro he confeccionado diversas estadísticas. Una de ellas buscaba respuestas sobre este asunto. Los resultados nos hablan de un 6% homosexual y otro 6% bisexual. Estas cifras habría que cotejarlas con el resto de la población para comprobar si realmente la incidencia es significativa. Las cifras no parecen indicarlo, desde luego, sin embargo las dudas de las que hablaba antes creo que son más acusadas en nuestro colectivo.

Decía al principio que una de las complicaciones más graves que comporta el ASI respecto de nuestra sexualidad es lo intrusivo que puede llegar a ser. Cuando en nuestra vida se ha producido un hecho traumático, algunos elementos asociados al trauma, mucho tiempo después, pueden hacernos reexperimentar las sensaciones negativas que vivimos en el pasado. Es decir, si de niños tuvimos malas experiencias con el agua porque estuvimos a punto de ahogarnos, por poner un ejemplo, ese miedo puede seguir latente y manifestarse en ocasiones donde el agua sea protagonista. En nuestro caso, al tener una experiencia tan negativa con el sexo, también ocurre que la relaciones que podamos tener con una pareja de la que, además, estemos totalmente enamorados, nos puede retrotraer al pasado y a las imágenes, olores, sensaciones o incluso colores que asociamos con los abusos padecidos en la niñez, dando al traste con un momento que debería ser todo lo contrario. Muchas personas manifiestan que muchas veces son incapaces de realizar el acto sexual con su pareja, otras están ausentes durante el mismo o bien en un momento dado salta el interruptor de los recuerdos y se echa todo a perder. Y otras tantas dicen que después de hacer el amor sienten ganas de llorar.

Es lógico que el sexo sea uno de los aspectos más dañados en las personas que fueron víctimas de abusos sexuales, pero a pesar de ello y aunque no sea nada fácil, también puede superarse.



NO SOMOS DIFERENTES, SOLO SOMOS SOBREVIVIENTES

No somos diferentes, solo somos sobrevivientes
Quizás a veces cueste mucho a la gente que nos rodea entendernos, asimilar por lo que hemos estado pasando.
Como sobrevivientes sabemos que es difícil hasta para nosotras muchas veces poner nuestras cabezas en orden y comenzar a mirar hacia el futuro.

No somos diferentes, ni queremos serlo.
Cuando muchas veces postiamos blogs de amigas abusadas, es claro ver que tenemos un lenguaje y una forma de ver las cosas muy similares.
Quizás porque nos toco vivir las mismas experiencias, porque son pares desde el dolor.
No somos diferentes, solo somos sobrevivientes.
Fuimos niñas/os que con apenas unos pocos años supimos “las cosas de adultos” y nos obligaron a hacer cosas de adultos
Con esa carga en nuestras espaldas nos hicimos las mujeres que somos, con nuestros miedos, nuestros terrores, nuestros fracasos y con el éxito de haber sobrevivido a nuestro pasado.
Tenemos los mismos principios, los mismos defectos, las mismas virtudes que otras mujeres, que consideramos “normales”.
A veces se nos dificulta expresar nuestros sentimientos, solo nos retraemos y tratamos de ocultarnos, pues en el fondo aprendimos a ocultar lo que nos pasa a fuerza del dolor que una vez nos paralizó, y nos generó el rechazo a una mano cariñosa que se acerca o al abrazo que quiere demostrarnos lo que con palabras resulta insuficiente.
No somos raras, no somos locas, no somos enfermas, solo algunas veces tratamos de volar lejos para escapar de los recuerdos y nos encerramos en nuestro mundo para poder así sentirnos un poco más seguras.
Cuando hablamos lo hacemos en nuestra terapia, la fiel compañera de emociones, una amiga invalorable que nos ayuda a sacar un poco de fuerzas de nuestro interior para dar un paso a la vez.
Nos refugiamos en muy pocas personas, y muchas veces esperamos mucho más de lo que ellas pueden darnos…
Hay días que estamos bien, días que estamos mal, es todo un ida y vuelta constante que nos desgasta y nos quita las ganas de disfrutar, de reír, de soñar…

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